A tan sólo dos pasos de mi puerta se encuentra la suya. Todas las mañanas procuro salir un poco antes de la hora para poder encontrármelo cara a cara y preguntarle cómo le fue el día anterior o qué le deparará el día presente.
Llevo una semana sin verle. A veces observo por la mirilla, por si alguien sale o entra en su casa. Él vive con su madre y su hermana pequeña de tal sólo doce años. Pero ninguno sale, ni siquiera la más enana de la casa. Esta vez, tampoco vi nada.
Muy a mi pesar, cogí la mochila que siempre dejo en la entrada del piso y guardé el móvil y el monedero (cosas imprescindibles para el último día de trabajo de la semana).
Como investigadora, estaba en todo mi derecho a averiguar por qué, desde hace una semana, ningún componente de su familia abandona la morada. De repente, me veo parada en frente de su puerta. Unas ganas terribles de alzar el puño y llamar me recorren el cuerpo y mente. Justo a tiempo, el corazón me dice que hoy podrían haber salido un poco antes: ya sea porque tienen médico y tienen que ir los tres, o que, simplemente, se hayan ido a pasar el fin de semana en su pueblo.
No hay nada como un trabajo bien hecho: que tu jefe te dé la enhorabuena por el nuevo artículo publicado y que te manden hacer una investigación a Bélgica. ¡Adoro viajar!
De nuevo en casa, me encuentro con que el felpudo de su puerta no está. Desconcertada, me acerco cuidadosamente. La puerta se encontraba torneada, así que decidí abrirla con sumo cuidado.
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